Ensayo

El género y sus intereses creados


Sin miedo a Butler

¿Existe un lado correcto del feminismo? ¿Es posible ser una mala feminista? Después de perder una amistad por una discusión de este tipo y luego de leer una entrevista a Judith Butler en El País, la filósofa María Isabel Peña Aguado hace una lectura crítica del libro “¿Quién teme al género?”.

Hace unos días le contaba a un buen amigo la preocupación que me provocaba el contenido del último libro de Judith Butler, Who’s afraid of Gender? (¿Quién teme al género? en la traducción al castellano). Filósofo, él también, me señaló que, a diferencia de la matemática, siempre universal, la filosofía tiene patria. Me explicaba que se debe —y aquí el “debe” se puede entender en el sentido de deuda— a algo o a alguien. Y me decía que, aunque nos cueste admitirlo, la filosofía puede llegar a convertirse en ideología. No comparto esa visión entre otras cosas porque la filosofía es algo más que un compendio histórico de ideas. Filosofía es, sobre todo, una experiencia de reflexión y de pensar. 

Tengo que reconocer, sin embargo, que la idea de una filosofía con patria ha sido de ayuda para comprender a esta nueva Butler y el giro de tuerca que ella misma le ha dado a un concepto de género con el que en su libro Gender Trouble (El género en disputa, 1990) puso en jaque a la teoría feminista. Ya entonces, la autora consideraba una ingenuidad seguir diferenciando entre sexo (naturaleza) y género (práctica social) y postulaba un género que más que ser el reflejo social de la identidad sexual, sería una construcción y efecto de esa misma identidad sexual, configurada gracias a prácticas lingüísticas y sociales. Detrás del género no habría nada sustancial ni natural, nada que no fuera construido por el mismo concepto de género. Butler esperaba de la teoría feminista que sacara de su centro a las mujeres —sujeto obsoleto del feminismo, en su opinión— y se dedicara a ser agente activo tanto en el análisis como en la promoción de distintas estrategias de ese “point of convergence” de distintas relaciones culturales e históricas que sería el género. 

Mucha tinta ha corrido desde entonces, y poco se ha podido hacer para recomponer las brechas y desencuentros teóricos que introdujo dicho concepto. Dichas brechas han sido fecundas en estimular distintas teorías y estudios de género, trans y queer, por ejemplo, que partiendo de la teoría feminista han abandonado su ruta para abrir otras. 

Esta ha sido, por cierto, una posición que he mantenido hasta que no hace mucho tiempo se me exigió tomar partido. Más que eso, se me sugirió elegir el “lado correcto”. Entonces no entendí nada. ¿El lado correcto?, pensé, ¿hay un lado correcto? ¿es más correcto ser kantiana que pragmatista? ¿leer a Butler que a Irigaray? ¿hay un feminismo bueno y otro malo, tal y como sugería Vargas Llosa?

A la estupefacción de haber perdido la amistad de una persona muy querida para mí por no estar en ese “lado correcto”, se sumó la que me causó el titular de una entrevista con Butler en el diario español El País (05.05.2024). El titular era una afirmación de la filósofa: “las feministas que no repudian el ataque de la derecha contra el género son sus cómplices”. Me sorprendió su tono bronco y tuve la impresión de que, de nuevo, se estaba definiendo el “lugar correcto”. Decidí leer el libro inmediatamente más por la necesidad de entender el precio personal que estaba pagando que por descifrar el giro militarista del discurso butleriano. 

A lo largo de algo más de trescientas páginas de su Who’s afraid of Gender?, Butler hace un análisis de la situación política y social en la que se encuentra el concepto de género y sus lugares lindantes. Sus reflexiones parten de una aterradora experiencia que vivió ella misma en una visita a Brasil en 2017. Su participación en una conferencia sobre democracia fue utilizada por grupos reaccionarios para quemar su imagen, vilipendiarla y acosarla. La pregunta que se hizo en aquel momento es la que dio pie a este libro y que sirve de hilo conductor del texto: “Why would anyone be fraid of gender?”. 

En los diez capítulos que conforman este ensayo, Butler presenta y recoge datos de distintos países, grupos e instituciones que ponen de manifiesto el nivel de rechazo y violencia que se concentran y proyectan en contra del concepto de “género” (gender) así como los distintos intentos de censura política, jurídica y educativa. A partir del capítulo sexto, Butler abandona el periodismo de investigación y aborda cuestiones concretas como la diferencia de sexo y género o el problema de sacar el concepto de género del ámbito de habla inglesa, es decir, de traducirlo. Igualmente, la relación entre el dimorfismo con el racismo y el colonialismo.  

Las estrategias establecidas, así como los enemigos centrales a los que se dirige Butler quedan claros en la introducción. La primera estrategia es examinar por qué los grupos anti-género hablan de ideología de género y la segunda desmantelar la posición de quienes se declaran como “gender critical”.  En lo que a la ideología de género se refiere, Butler utiliza una idea del psicoanalista francés, Laplanche, para sostener que ese concepto se ha convertido en el núcleo central de una “pahantasmatic scene” reflejando una serie de “ansiedades” sociales, por una parte, al mismo tiempo que como resorte destructor podría terminar con la organización tradicional del mundo de lo humano (10-11). Al describir así el movimiento “anti-gender”, Butler lo psicoanaliza y presenta como un fenómeno psicosocial que, tal y como señala siguiendo a Laplanche, puede devenir fácilmente una cuestión de ideología. Con lo cual, Butler le da la vuelta a la tortilla y señala a la corriente anti-gender como la verdadera ideología. 

En cuanto a los posicionamientos críticos frente a la categoría de género, los denominados “gender critical” (21), Butler nos aclara que resultan estar también contagiados de la ideología anti-gender, hasta convertirse casi en la misma cosa. Expone que criticar el género es un síntoma de ignorancia y anti-intelectualismo —¡las personas que lo critican, no leen!—  así como de fanatismo religioso. Butler incluye también a “some feminists” que se convertirían así en aliadas de los movimientos radicales de derechas. No nos revela todavía quiénes son esas feministas, pero sí que son feministas sin ninguna comprensión de lo que significa “critical” o “critique”. Estos “enemies” devienen a lo largo del libro en una especie de monstruo articulado y movido por los diferentes grupos que identifica Butler, a saber: grupos religiosos, particularmente cristianos, grupos políticos de ultraderecha y neofascistas, además de los grupos feministas que no se declaran directamente a favor del discurso trans o queer. 

Creo que Butler tiene razón en gran parte de su análisis y en señalar los peligros que acechan a la igualdad entre los seres humanos y a la justicia. Comparto su preocupación ante la violencia racista y machista, así como ante los discursos de odio. Lo que me cuesta mucho concebir es que Butler esté decidida a participar de ese juego polarizador de amigos y enemigos en el que no hay más matiz que el ‘estar conmigo o el estar contra mí’. Me sorprende, además, que se haga eco de algunas de las posturas más radicales que califican a las feministas que mantienen otras posturas como “neofascistas”. Me pregunto qué ha sido de la Butler que en Sin miedo —publicado en el 2020)—  defendía la “obligación” de “preservar este controvertido vínculo social” y que advertía de que “la violencia […] Es también una atmósfera, una toxicidad que invade el aire”. ¿Desde cuándo se ha decantado por respirar esos aires? ¿Desde cuándo el género ha dejado de ser “punto de convergencia” para convertirse en el punto de convergencia sin igual, en el único lugar desde el que es posible pensar y practicar la democracia, la igualdad y la justicia? ¿Se ha vuelto Butler tan temerosa, ella misma, que tiene que recurrir a prácticas totalitarias que solo dejan espacio para las diferencias ‘correctas’?     

¿Hay un lado correcto? ¿es más correcto ser kantiana que pragmatista? ¿leer a Butler que a Irigaray? ¿hay un feminismo bueno y otro malo, tal y como sugería Vargas Llosa?

No creo que a estas alturas nadie dude de la interseccionalidad de la teoría feminista, de los caminos y espacios que ha abierto, así como de un trabajo crítico —sí, Judith, sabemos lo que es la crítica— y pionero que ha favorecido y promovido el surgimiento y la existencia de distintos discursos que, como ya he apuntado arriba comparten preocupaciones y anhelos, pero no son lo mismo. Y no ser lo mismo no significa que unos sean más legítimos que otros, sino sencillamente eso, que son diferentes. Diferentes porque las experiencias vividas lo son.   

A estas alturas de mi vida feminista, y según deduzco del libro de Butler, tengo que asumir que abogar por la convivencia de dicha diversidad de discursos matizando que no son los mismos, me sitúa inmediatamente en el grupo de las ignorantes pertenecientes al “gender critical” que no han entendido que lo único que puede haber, que el único saber, la única conciencia, el único camino correcto es agrupar todo bajo la rúbrica del género. Solo aceptando completamente las premisas y la lógica del género puedo abrazar el mundo de la igualdad, la justicia y, lo que es más importante, lo correcto. De otro modo me amenaza la expulsión, el desgobierno moral y la caída en las llamas del infierno fascista.

Escribo estas líneas con ironía, aunque me parece lamentable hacerlo. Parece ser que ahora necesitamos etiquetas claras que nos posicionen en bandos. No hay más que escuchar el aire bélico y combativo que respiran no solo el texto de Butler, sino también algunos de los que cita. Por ejemplo, en TSQ: Transgender Studies Quartely, (vol.9, August 2022), las autoras Bassi y Lafleur no tienen problema en afirmar que el 99% de las feministas críticas con el concepto de gender son “posfascistas”.

La cuestión es si Butler misma no estará cayendo en aquel “pathos de la exclusión” que, en un intercambio con la filósofa y feminista de la diferencia sexual, Rosi Braidotti, le imputaba al feminismo de la diferencia sexual. Es difícil comprender por qué trabajar la diferencia sexual la convierte a una automáticamente en “trans-exclusionary feminist” (TERFs), o en esencialista. No ser una activista declarada pro género significa, pues, estar en contra. No hay lugar para matices. Es como si centrarse en la teoría general de la relatividad de Einstein significara inmediatamente estar en contra de la mecánica cuántica. 

Llama la atención que Butler no dedique ni una línea al hecho de que muchas personas trans se sometan a tratamientos hormonales desafiantes para el cuerpo y la mente, porque no les es suficiente con un reconocimiento jurídico de su cambio. Que acuse al feminismo comprometido con las mujeres (tanto si son trans como si no) de estar apoyándose en una biología que no lo es tal o que le impute ser defensor del binarismo. Me resulta curioso ya que, si ha habido un camino para reintroducir la biología dentro del discurso feminista, ese ha sido el del discurso trans que maneja los códigos del “ser femenino” o “ser masculino” con mucho ahínco.

Es agotador que a la teoría feminista se le pida cuentas de todo, que se le exija renunciar a sus propias aspiraciones. Es desmoralizante no poder salir de ese papel clásico patriarcal atribuido a las mujeres: atentas a todo y a todos y siempre dispuestas a retirarse, a sacrificarse en aras de los otros. De otro modo una es una mala mujer, y ahora, además, una mala feminista. 

No, Judith, las feministas no tememos al género prepotente, ni somos fascistas, solo estamos algo cansadas de que se nos pida desaparecer de la escena —igual de si es fantasmagórica o real— y que nunca termine de llegar nuestro momento.